domingo, 22 de febrero de 2009

"Me acuerdo de la primera vez que la besé, de las primeras veces.

Al principio siempre sabía a alcohol y a cigarros, como la boca de una puta o una bohemia a la que la mala vida le endulza el aliento para compartir con quien lo saborea un poco de toda su terrible experiencia.

Sabía a alcohol, y a cigarros, y, joder... era el mejor sabor del mundo. Un sabor entre dulce y seco, que te inundaba la boca y que la distinguía de todas las anteriores mujeres a las que he besado y, posiblemente (para mi desgracia nunca podré quitarme ese sabor de la cabeza), de todas a las que besaré.

Acercaos un cigarrillo todavía sin encender y oledlo detenidamente, saboread ese aroma bendito que desprenden los simpáticos palitos de cancer cuando están aún apagados. Era algo como eso. Y me gustaba... Dios, vaya si me gustaba. Como un anticipo de todo lo que había detrás de esa mujer, de toda su especificidad y su encanto, de su vida maltratada y de lo que esperaba por descubrir despues de esos primeros besos, su sabor reflejaba a la perfección el resto de la persona; su dulzura seca pero inmensamente atrayente, la imposibilidad de olvidar algo tan distinto a todo lo demás, tan único y específico..."