martes, 3 de mayo de 2016

Charlotte

Me llamaba "Pierrot", y todavía no puedo decidir si lo hacía por pura voluntad de preservar un hálo cinematográfico en nuestra historia o porque nunca llegó a saber con certeza cual era mi verdadero nombre. Sin embargo eso no fué un inconveniente, y reconozco que una de las cosas que hicieron que me interesase por ella al principio fué que era la única mujer en llamarme de tal modo. Aún recuerdo el sonido de su voz pronunciando en un francés titubeante esas dos erres revoltosas del apodo del payaso melancólico, y como a su tierna exclamación siempre la acompañaba una sonrisa alegre y decidida que ejercía sobre mí una atracción irresistible. Todavía sigo maldiciéndome por no haber aprovechado la fruta dulce que el destino me dejó en los labios aquella noche en que el exceso de alcohol (o tal vez, quien sabe, tal vez algo de atracción verdadera) la llevó a abalanzarse sobre mí con un intenso y largo beso que me hizo retroceder ante el vigor de aquel impulso.

Cuando pienso en todos los hombres que la deseaban, no me deja de venir a la cabeza la imagen de aquella Justin que Lawrence Durrell deconstrulló para su Cuarteto de Alejandría, y me siento en parte afortunado por haber podido gozar de la que muchos considerarían una versión moderna de la femme fatale del escritor británico.

Si tan solo hubiese tenido la suficiente voluntad y resolución para llamarla...