Recuerdo que nos quedábamos
tirados en la hierba
sobre las lomas verdes
inclinadas hacia la laguna.
Pasábamos las horas
bajo un cielo azul de eterna primavera,
en una adolescencia salpicada
de besos dulces y húmedos
como las frescas tardes de los primeros días de Mayo.
Nuestros padres se preocupaban,
y mientras tanto nosotros
rodábamos por las praderas
rodábamos por las praderas
en un abrazo tierno e infinito
como el de dos niños perdidos
en los albores de su temprana infancia.
Añoro tu mirada
y la sonrisa amplia de tu boca carnosa
cuando tumbada sobre mí clavabas tus ojos brillantes
en mi torpeza tímida de joven primerizo.