sábado, 15 de diciembre de 2018
Cadalso
Te has dado cuenta de que el acero fuerte de tus huesos se derrite porque chocas contra un muro destrozado, que ya no puede sentir ni pensarse como lo que un día habia sido, como lo que queda de antes. Vamos a buscar cada palabra en el suelo y hasta que se pudran sus entrañas regurgitaremos la muerte tuya y mia porque no podemos vivir sin otra cosa que agarrarnos al pecado. Viólale hasta que te quedes o corre por las jaulas disidentes de tus pequeñas jaurias, pues no habrá más que dos esclavos aguardando a tu puerta cuando las horas perdidas te reclamen para llevarte al cadalso.
miércoles, 17 de octubre de 2018
- ¿Querés hablar? Está bien, hablemos. Nos dejamos con el gusto amargo de una faena incompleta, de la grande finale que perdió por el camino la esperanza de alguna otra esperanza con que arreglar el pasado. Decís que...
- Callá, callá. Estás bebido y no dejás de decir boludeces que pretendés te recuerden con un halo de grandeza. No hay grandeza en esto, querido. No es más que mierda...
- Vos sabés como yo que lo que digo es cierto. Los dos esperábamos que todo esto acabase de otro modo, y acabamos con el piso destrozado por una bronca cualquiera y las voluntades firmes de que se vaya al carajo... Como si no te importase. Te vés muy tranquila ahí tumbada, fumando de tu cigarro mientras me rompo los nervios porque veo que esto se acaba. Como si no te importase...
- ¿Y a vos te importa? ¡A vos no te importá nada! ¡Ya lo viste! ¡Te dije que me trabajé al banquero y te quedasté tan pancho, como si no huebiera pasado! ¡Ni siquiera me gritaste una palabra de que te hubiese hecho daño! Hasta que te tire el plato a la cabeza vós te quedaste callado, y seguro que lo que te molesto fué lo del plato...
- Dejá de decir macanas, llorona, sabés que no es cierto. Todo lo que a mi me importa te lo pasaste de largo, y si no decime por qué te tiraste al banquero. ¿Qué querés que yo te diga? ¿Que hiciste mal, que me hiciste daño? Eso ya lo sabés, no tengo que explicártelo. Si te importase un poco no lo habrías hecho, o no me lo habrías contado. Así que no esperés que me quiebre por alguien a quien no le preocupo. Seguí con tus amantes, pero no pretendás que me dedique a llorarte. La procesión va por dentro...
- ¿Ves como no te da bola...? Va a hacer dos años que nos vemos y ni siquiera una vez me dijiste que te importo. Qué querés... No sabés tratar a una mujer, no sabés como me siento...
- Callá, callá. Estás bebido y no dejás de decir boludeces que pretendés te recuerden con un halo de grandeza. No hay grandeza en esto, querido. No es más que mierda...
- Vos sabés como yo que lo que digo es cierto. Los dos esperábamos que todo esto acabase de otro modo, y acabamos con el piso destrozado por una bronca cualquiera y las voluntades firmes de que se vaya al carajo... Como si no te importase. Te vés muy tranquila ahí tumbada, fumando de tu cigarro mientras me rompo los nervios porque veo que esto se acaba. Como si no te importase...
- ¿Y a vos te importa? ¡A vos no te importá nada! ¡Ya lo viste! ¡Te dije que me trabajé al banquero y te quedasté tan pancho, como si no huebiera pasado! ¡Ni siquiera me gritaste una palabra de que te hubiese hecho daño! Hasta que te tire el plato a la cabeza vós te quedaste callado, y seguro que lo que te molesto fué lo del plato...
- Dejá de decir macanas, llorona, sabés que no es cierto. Todo lo que a mi me importa te lo pasaste de largo, y si no decime por qué te tiraste al banquero. ¿Qué querés que yo te diga? ¿Que hiciste mal, que me hiciste daño? Eso ya lo sabés, no tengo que explicártelo. Si te importase un poco no lo habrías hecho, o no me lo habrías contado. Así que no esperés que me quiebre por alguien a quien no le preocupo. Seguí con tus amantes, pero no pretendás que me dedique a llorarte. La procesión va por dentro...
- ¿Ves como no te da bola...? Va a hacer dos años que nos vemos y ni siquiera una vez me dijiste que te importo. Qué querés... No sabés tratar a una mujer, no sabés como me siento...
jueves, 12 de abril de 2018
Era por la noche, y al gato nadie le hacía caso en las calles de Malasaña, enfrascados como estaban los modernos en sus rutinas noctámbulas de borracheras y discotecas. Así que me senté sobre el bordillo de un portal y lo coloqué sobre mis rodillas.
Yo llevaba mi sombrero negro con mi corbata negra sobre mi camisa blanca remangada (o sin mangas), y él era un lustroso tigre callejero al que pequeñas lineas amarillas atravesaban por el lomo el pelaje naranja. Entonces una muchacha apareció y, (también con sombrero), me dijo:
- Pareces un mendigo.
- Lo soy -respondí sin saber como-.
- ¿Y qué pides?
- Aun no lo tengo muy claro.
Pareció quedar satisfecha con mi comentario.
- ¿Es tuyo?
- No es de nadie. Estaba aquí sentado.
- No os pareceis mucho.
-Somos parientes cercanos. Su madre y la mía vivían juntas en el mismo barrio. Primas-hermanas, pensamos.
- No me lo creo.
- Es igual, me lo he inventado.
- Entiendo...
Los meses siguientes los pasamos recorriendo las calles del barrio mientras mirábamos los escaparates antiguos o hacíamos comentarios sobre las cornisas, balcones o el artesonado de los edificios. A mi me gustaban las fachadas modernistas con sus flamantes marcos retorcidos en los bordes de las ventanas, o las inmóviles cabezas y esculturas con boca en forma de O que ocasionalmente decoraban las alturas de una puerta o las esquinas de un tejado. Ella prefería sentarse a observar caminar a la gente y reflexionar sobre el precio de los helados, o por qué los madrileños se empeñan en aparentarlo todo con su manera de vestir o la moda si la preocupación por la estética (o más bien, la obsesión casi enfermiza por que esta refleje la personalidad y el estatus de uno) no es más que una manera de afirmar una completa ignorancia y una total estupidez en relación con el fondo de lo que de verdad importa (sea lo que sea eso).
Yo llevaba mi sombrero negro con mi corbata negra sobre mi camisa blanca remangada (o sin mangas), y él era un lustroso tigre callejero al que pequeñas lineas amarillas atravesaban por el lomo el pelaje naranja. Entonces una muchacha apareció y, (también con sombrero), me dijo:
- Pareces un mendigo.
- Lo soy -respondí sin saber como-.
- ¿Y qué pides?
- Aun no lo tengo muy claro.
Pareció quedar satisfecha con mi comentario.
- ¿Es tuyo?
- No es de nadie. Estaba aquí sentado.
- No os pareceis mucho.
-Somos parientes cercanos. Su madre y la mía vivían juntas en el mismo barrio. Primas-hermanas, pensamos.
- No me lo creo.
- Es igual, me lo he inventado.
- Entiendo...
Los meses siguientes los pasamos recorriendo las calles del barrio mientras mirábamos los escaparates antiguos o hacíamos comentarios sobre las cornisas, balcones o el artesonado de los edificios. A mi me gustaban las fachadas modernistas con sus flamantes marcos retorcidos en los bordes de las ventanas, o las inmóviles cabezas y esculturas con boca en forma de O que ocasionalmente decoraban las alturas de una puerta o las esquinas de un tejado. Ella prefería sentarse a observar caminar a la gente y reflexionar sobre el precio de los helados, o por qué los madrileños se empeñan en aparentarlo todo con su manera de vestir o la moda si la preocupación por la estética (o más bien, la obsesión casi enfermiza por que esta refleje la personalidad y el estatus de uno) no es más que una manera de afirmar una completa ignorancia y una total estupidez en relación con el fondo de lo que de verdad importa (sea lo que sea eso).
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