jueves, 12 de abril de 2018

Era por la noche, y al gato nadie le hacía caso en las calles de Malasaña, enfrascados como estaban los modernos en sus rutinas noctámbulas de borracheras y discotecas. Así que me senté sobre el bordillo de un portal y lo coloqué sobre mis rodillas.
Yo llevaba mi sombrero negro con mi corbata negra sobre mi camisa blanca remangada (o sin mangas), y él era un lustroso tigre callejero al que pequeñas lineas amarillas atravesaban por el lomo el pelaje naranja. Entonces una muchacha apareció y, (también con sombrero), me dijo:

- Pareces un mendigo.

- Lo soy -respondí sin saber como-.

- ¿Y qué pides?

- Aun no lo tengo muy claro.

Pareció quedar satisfecha con mi comentario.

- ¿Es tuyo?

- No es de nadie. Estaba aquí sentado.

- No os pareceis mucho.

 -Somos parientes cercanos. Su madre y la mía vivían juntas en el mismo barrio. Primas-hermanas, pensamos.

- No me lo creo.

- Es igual, me lo he inventado.

- Entiendo...

Los meses siguientes los pasamos recorriendo las calles del barrio mientras mirábamos los escaparates antiguos o hacíamos comentarios sobre las cornisas, balcones o el artesonado de los edificios. A mi me gustaban las fachadas modernistas con sus flamantes marcos retorcidos en los bordes de las ventanas, o las inmóviles cabezas y esculturas con boca en forma de O que ocasionalmente decoraban las alturas de una puerta o las esquinas de un tejado. Ella prefería sentarse a observar caminar a la gente y reflexionar sobre el precio de los helados, o por qué los madrileños se empeñan en aparentarlo todo con su manera de vestir o la moda si la preocupación por la estética (o más bien, la obsesión casi enfermiza por que esta refleje la personalidad y el estatus de uno) no es más que una manera de afirmar una completa ignorancia y una total estupidez en relación con el fondo de lo que de verdad importa (sea lo que sea eso).

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